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El Embarcadero


Patricia L. Boero   

señales de vida

 

  Basquiat - Grafitti

 

 

 

 

 

PALABRAS PARA MIGUEL

 

 

 

                      a mi padre

 

 

 

Hurgaste en el mojón

y abriste el río.

 

soy un hombre tensado entre dos costas

 

por no saber siquiera

donde el mármol, la tinta,

 

dónde el mentido abuelo,

donde el muelle.

 

Tantas historias como abrojos

presas en la bodega del carguero.

 

Mas yo, que sólo se de puentes

y de barcazas anchas que van

girando el río

quiero el barro, los bordes,

lo sembrado en el agua

y orillarte la frente a manos

llenas.

 

Por la ternura que se fue,

por la enseñanza silenciosa.

 

Te hice flamear como una tira

de banderines rojos y yo,

con el viento besando mis espaldas,

siempre detrás de ti

y tú, confundiendo la brújula del cielo,

el timón, la carta de mareas,

el árbol de tempestades

y la sangre.

 

Tú delante de mí, presentación y dicha

pequeña estela de obrados territorios

donde saber dolerse por la mano

extendida

por el negado pan

y el bochorno del cielo

 

 

y más tarde,

la sombra,

los ojos bajos, negando

hundiendo la vergüenza en la boca del sueño

en lo negro, en la pérdida, en el desagüe

del olvido.

 

Te tuve al bajo precio

de la monocromía de unas fotos

mientras alzaba en el puño las cenizas

en llamas de mi propio corazón

sitiado por la pena.

 

Te encerré en veinte hojas

canceladas, dispuestas en la línea

del orden más exacto,

desenfundé un cerrojo, te hice

ilustre habitante de la cerca.

 

Y entre tanto

 

¿dónde quedaba yo,

rama que te sostiene

más allá de tu muerte?

 

¿Dónde la afirmación, la digna paralela

que nos hace herederos de la misma mirada,

ojos de bosque cuando las ramas bajas

se inclinan más y más hasta tocar

el pulso de la hormiga,

dónde el heroico salto hacia tus márgenes?

 

Bajo el techo del cielo

se hunde el bajel dorado,

claro remanso,

puro desasimiento que sabe lo que somos.

 

Y me veo y te veo

acopiando el linaje,

la mies y el aleluya

 

remendando las redes

cazando estrellas

 

nuevamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JUEGOS A LA HORA DE LA SIESTA

 

 

                a la memoria de Mónica Alejandra                                                  

 

 

¿Quién se atreve

con el tablero

y con el lobo

cuando la insensatez

adulta abreva en culpas

a la siesta

y dos niñas roban

veneno para ratas

por no andar mendigando

amor y comida

a los ratones?

 

mejor dormirse,

Monita, Mónica,

Alejandra; juguemos

a que nos vamos

lejos con el hada

de azúcar impalpable

 

Y no quisimos.

 

Nos encontraron

con los ojos abiertos

ante un plantío de azucenas

sin sospechar

que investigábamos el modo

de convertir el oro en clorofila

bajo un manto

de abrazos.

 

Fuimos por unos cuántos

mediodías

a la isla, ese paraje

vedado a los mayores.

Dos muñecas vestidas

de verde militar.

Nunca pudimos mirar

más allá de nuestros

ojos y es que ambas

soportábamos

el don de la invidencia,

dicha de la niñez

que ignora el futuro

desenlace de la moda.

 

jaque

mate,

rey,

dos.

 

Combate de tules,

niñerías, maderas tobogán,

poleas-liana, clavel como revólver.

 

Toda nuestra violencia

olía a ligustrina y nuestra necedad

de este lado del mundo

se armaba con tres palmeras

al borde del suicidio

 

(veíamos cocodrilos y ella

me ataba suave,

me daba agua a sorbos

y yo debía recitarle

sagas de tortugas

y delfines a cuentas

del indulto. Nos reíamos)

 

jaque

mate

rey

dos.

 

Combate.

 

No seas ángel, ni hada,

ni princesa; ya hemos visto

cómo acaban en la tevé:

felices.

 

No lo seamos, decíamos,

mientras nos acomodábamos

la mochila

entre las alas.

 

Y llorábamos.

 

Seamos mala gente

¿quieres?

 

¿Y cómo hacemos?

 

Busquemos en los libros.

 

Lástima que teníamos unos cuántos

que hablaban de caballos corriendo por la playa

con nombres imposibles:

Antares, Aldebarán, Calíope.

Lástima que volaban.

 

Y no pudimos.

 

¿Y si salvamos al mundo?

 

Bueno.

 

El mundo era

un conejo de yeso sin oreja,

una flor demacrada, una mariposa

atrapada en los espinos,

un auto desportillado

que rescatamos

de la inundación.

 

No nos fue mal.

Tuvimos una gran colección

de inútiles objetos

en una inmensa caja de madera

prohibida a cualquier mirada

insustancial que no comprendiera

que nuestro mundo comenzaba

en la piedad y terminaba

en la belleza.

 

Y así nos expulsaron de las aulas,

a ella

primero que a mí.

 

Mónica y yo

y la agresión de las rosas

que habíamos cuidado tanto

y el amor

y el invierno

y esas nuestras últimas

vidas, nuestras últimas muertes

de la primera infancia.

 

 

 

 

 

Arthur Rackham

 

 

 

 

 

REUNIÓN

 

 

 

                Por cuanto el milagro no está

                en ninguna parte, sino que circula

                por las venas del hombre.

                                             Yorgos Seferis

   

                ... oculto, en un cono de sombras ...

                                                   José

                                                               

 

 

No eres tú el de la caja, no.

 

Ni ceñido por el marco trabajado,

víctima de punzones, pulidos

metales, esbozadas flores.

 

Ni tú, tampoco.

 

Allí os amarraron a la presencia

cuando la presencia es suelta,

entra y sale de la casa,

abre los cerrojos del sueño

por inesperada visitación

y ojos abiertos, reservados

a la íntima señal.

 

Ineludible, como el anhelo del poema

que se reconoce móvil en sus raíces

aunque estén bajo tierra

o asidas, como algas,

a los brazos del mar.

 

¿Con qué habré de coronar

tu juventud, con qué rosa

de los vientos tu velero?

 

La ofrenda de este día

tiene la lentitud

del tallo que trepa

rozando la escollera

donde las venas del rocío

se han convertido en inscripción.

Húmeda de obstinado ascenso,

su imperceptible mano

recolectora de cristales,

mientras los compañeros

chocan sus jarros y varan

las embarcaciones

entre el fragor de las sirenas.

 

Mi flor, entonces,

se reconocerá en el silencio

de haberte recibido

con el inmerecido don

de un año más.

 

La que he escogido para ti

tiene mis incontables

pétalos de carne,

los que moldeaste para mí.

 

Y allí donde no estás,

te encuentras tú con él

y ambos conmigo

 

y es la fiesta, el hálito

entre el vibrar de las linternas

náuticas

cuando se desmadejan,

de costa a costa

los oleajes

y me inclino ante esas voces

que sólo yo puedo escuchar.

 

 

 

 

 


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