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El Embarcadero


Patricia L. Boero   

DE SOMBRAS I

 

 Manuel D. Quirós y Campo Sagrado, 1805

 

  DIÁLOGO EN DANZA

(1era. clase)

 

 

 

En la heredad del patio

                hay  luna de cilicio.

 

Revertir el dolor

cobijar la móvil resonancia

del paso.

 

Maestría del cuerpo que se embebe

en la elegante contumacia de la sangre

que vierten los tacones.

 

Modos discretos de agonizar con gozo.

 

Roja madera.

 

 

 

 

 

 

REGISTRO

DE UN ESTADO DE COSAS

 

 

 

          ¿A quién

el crédito de la mirada

si desde allí se urden

incidentes,

fatales coordenadas

o apenas se eluden,

hasta no poder mantener

en secreto el apremio

de ese instante familiar

y sin embargo a punto

de acelerar la potestad del caos,

esos desencuentros

que en abierta persistencia precipitan el fin

en la lenta certeza

de que amar no es eso

precisamente?

 

¿Y a quién  

que no reclame

de esa misma mirada

algo que sea

menor a un punto de enlace inexorable

y del amor

que se resuelva en un acto

de insensata costumbre

la transparencia de esta vida

absuelta de ferocidades cotidianas

y del intento voraz de instalar

una clausura entre ayer y memoria

como resguardo de las últimas certezas,

para decirle

aún?

 

 

 

 

 

JUICIO DE CONDENACIÓN

 

 

 

Hincan su diente.

 

Castigo a tanta

boca abierta

                    de asombro.

 

Alguien sangra.

 

Lamentaciones tardías,

más espanto.

Veloces para soltar la presa.

 

Que acuse la estocada

pero que aún no muera

pues en su aullido hay precisión

                        de monte

y gustan de escuchar

las voces del exilio

para saberse en casa.

 

¿Qué látigo de sombras?

¿Qué duda blanden

esas manos que aprietan

la garganta?

¿Y la boca? ¿Qué ríe?

 

El camino se ensancha

Borran hojas y hojas las fronteras

perfectas entre senda y campo

                        atravesado.

 

 

 

Cuando le llega el árbol

a los ojos acude lo sagrado

como dardo y lo clava.

Desprovisto de todo

será su consagrar

lo último

                         que reste.

 

 

Ya es de noche.

 

Atrás queda la casa

a la que no se vuelve

 

 

 

 

 

 

SENTENCIA FINAL

 

 

 

Ni siquiera esa dicha mezquina

a la que aspiran

ciertos fraudes cotidianos

que al esgrimir sus trazados,

conspiraciones, cálculos o entradas portentosas

se alimentan puntualmente de la sangre

cobijados en el puño de la muerte

o lo que es peor,

bajo mínimas fracciones de encanto

hogareño,

seducciones

por las que aún la belleza

termina destilando cierta

imperfección hereditaria

de la puesta en escena

sin distanciarse de lo previsible

y no obstante

sobreviven aún

siendo considerados preciosismos

de calculada virtud—

se salva de caer alguna vez

en la azul superficie del cuadrante

hacia donde alguno es lanzado por error

si es verdad que allí se mide el calibre

de las almas

y que hay menos de inútil heroísmo

en aquel que es eje de una ausencia

que en el otro que corre tras su presa

en el intento de adjudicarse más tiempo

y consistencia para sí

de la que tendría un parpadeo.

 

 

 

 

 

 


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