Volver a la portada

        

El Embarcadero


Patricia L. Boero   

DE SOMBRAS II

 

 Cristina Castro Kehoe (café y tinta sobre tela)

 

 

REMOLINO DE MAR

 

 

                 Variaciones sobre una

                 fotografía de Javier Esteban

 

Habrá incendios devoradores

que aleguen temporal jaculatoria

en boca inaccesible.

 

Tanto hemos sido en poquedad

                            de palpación

como en roce de letras

veleidad de sílaba vuelta ahora

hacia adentro.

 

Retoños apagados

en la línea de fuego.

                    Última luz

como un disparo al aire.

 

El fondo nos divisa en nuestro

extremo débil,

 

techumbre que empuja

hacia lo alto        y cosecha

elementales sombras.

 

Enemiga memoria

deslúcete

de puentes levadizos.

Tantea en la rotura

                        un límite,

claro como un ojo cegado.

Sé piadosa costumbre.

 

Abatida desnudez de máscara

piel aterida.

 

Que así se nos conceda la perfección

                            de un olvido magnánimo

cuando la mano esté a punto

de fechar remolinos.

 

 

 

 

 

 

PERDIDA FE

 

 

 

En eso que nos toca

quién pudiera sin alivio sin pausa

nada anudar con nada

si oscura herida no fuera el tiempo

que ordena explicar lo indecible,

como aquí y allá el requerimiento

que traiciona lo único,

cómo eso no nos hace morir

de tanto inútil haber dicho.

¿Quién dijo: el abandono próximo

será tu último sorbo?

¿Quién dijo que al final se suelta

hasta lo prometido en el inicio?

¿Quién dijo que morirás de vulnerable?

El incendio que queda más allá

de las sombras de la noche

en el bosque cerrado.

El poema lo dijo.

No simple asedio, no, desfallecerle,

trabajados por él, a él consagrados.

Que fueran alineados, silenciosos,

que fueran tras los pasos del agua,

de la llama, que fueran

prometidos a ninguno.

En nombre de un temblor mayor

se dice sí, al menos se abren sendas,

se desdicen palabras.

Qué solo puño en la captura

del misterio inasible de la rosa

fue confesar lo que apenas supimos

y enmendarnos por lo que

de esbozo tenían nuestras letras

-quién sabe- si la última brazada

del ahogado.

¿Y qué fulgores habremos abatido,

qué demoras

y qué sangre nos habrá traicionado sin más

cuando debimos haber dejado todo

en estado de infancia?

 

 

Clemente - Dos Horizontes

 

 

 

 

 

 

EXTRAMUROS

 

 

 

 

No volveré a pasar por esta calle,

no, no volveré.

 

Me verás cerrar los ojos,

talle al aire, cintura desembozada

(conocerás mis cicatrices,

mis secretos)

en el zaguán donde fogata

somos, puro incendio.

 

Pero esta calle, nunca.

 

Aquí fuimos expuestos

a la peor borrasca,

amansadas por juegos

nuestras fieras,

cortados los tendones

del brazo que puja por erguirse,

narcotizados por la fuerza

silente de las tapias

en multiplicación.

 

Escupiré la cal

desde muy lejos,

seré vestido rojo,

haré una tribu de prole

y prohijados de fuego e inocencia

rescatados del lodo elemental

hasta más no poder

aunque me parta

(tan sólo una farola china supo de mí,

su luz que desnudaba mi perfil

por detrás de las transparencias

de mi falda y mi blusa)

 

Y viviré de hurtarme

a los caminos que al fondo

declaren sus cerrojos

(ya ves, me contradigo)

 

y tú, universal querencia,

hueco de mí, amor mío

por las palabras que me rozan,

errar de polvaredas

y arenas en los ojos

de las charcas,

serás recodo que dé al mar;

leño abrasado por la curva

de mi corona ciega,

errabundo barco de cien

navegaciones,

 

o desaparición

 

en el zaguán donde me enciendo

de ti, de mí,

como candela.

 

Porque esta calle

                        nunca.

 

 

 

 

 

 


  El Embarcadero