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El Embarcadero


Patricia L. Boero   

TRAVESÍA DE MIRADAS

 

  Calle Convento nº 17 (Hervás)                   (c) Antonio Mengs 

 

 

TRÁNSITO

 

 

  

El presente

            deja constancia

del infinito azar.

 

 

Y el paso

ya no se mide en pies

sino en olivos.

 

 

 

 

 

 

DE PROFUNDIS

 

 

 

Apenas volvemos la mirada

hacia su lomo de arisco pelo pardo

el tiempo gira y se frena

en la grupa del día,

nos clava en las muñecas

una sobrevenida orfandad

de horas trasegadas.

Un brillo de navaja y de lengua

de fuego perfilando la rama

se nos mete en la sangre

y un trote nos ahuyenta

de nuestro cobertizo a desatar

la rienda de las últimas horas

celebradas.

 

Nos echamos a andar

hombro con hombro.

 

 

La infancia es la calleja

y el portal el camino y la salida

mira al punto de fuga

de la visión tendida

donde el cardo azul hospeda

todo el cielo

y en beatitud renueva la inocencia

de los juegos primeros,

la sagrada hermandad

entre el niño y la tarde.

 

Nos quedamos allí

arrebujando silencio de extramuros.

 

Tenue fulgor sale del escondrijo

que robamos a los dioses mayores.

La mano escarpada del despeñadero

nos llama, nos bendice.

El parpadeo atrapa y el animal se deja,

salvado de caer.

 

Emprendemos la vuelta

de soles escurridos.

 

Bestias de tiro que cargan

el fardo de la tarde liviana

somos dos que aligeran

el peso que en sus ojos

es látigo y esparto.

 

Y la espalda nos dice

compañeros de trote

de pena repartida

 

y hasta el pueblo nos sigue

agazapado, el chirriar de una puerta

que se abre hacia el monte

a la carrera.

 

Cae la noche y nos toma despacio

de la mano y hunde su hocico

en las alforjas de verdinegro fondo

y luz recuperada.

 

Come de nuestros ojos

su forraje de estrellas.

 

 

 

 

 

 

MUJER SENTADA 

 

 

 

En otro tiempo sabría desde su lengua

pronunciar intihuatana,

donde se amarra el sol

 

con pie mellado asentar

la cumbrera hasta calzarle sus sandalias

danzar mano con mano

entre el polvo que nos arremolina

velar entre una hilera de eucaliptos

qué hacer por el cordero prematuro

qué trigo a cada quién y para qué

(era un tiempo de candelas dispersas,

peñas rodantes, pájaros de buen agüero

y acaso ella se llamara simplemente

Perdiz)

 

mas basta a nuestro

metro cuadrado de ternura

en donde nos asentamos aquí y ahora

y por siempre a naufragar en el cielo

sin argumentaciones

esta muda frontalidad

del rostro que se inclina y se vuelve

a preguntar al aire:

 

¿cómo se dice:

niño y mujer a la espera

de la luna?  

 

 

 

 

Mujer de Huilloc (Cuzco - Perú)   © Patricia L. Boero

   

 

 

 

 

 

TEJEDORAS DE HUILLOC

 

 

 

Los ojos son rasgados por manojos

de frutas, amansados en trueques

de chicha hirviente y lana, trasquilada

la propiedad se teje con la sangre.

 

Perros de cacería magra que no muerden

el hambre merodean costales de maíz

Por ajenas cinturas se va escurriendo

el trote, brillan blandos pedernales

y labios retenidos

en la palma del surco se beben uno a uno

los pocos muchos soles. Estos caballos

de altiva servidumbre se amarraron

a nada: Alfa, Beta del Centauro.

 

Y cuánto vientre después de disponer

los huesos sobre el lienzo

recibe a la extranjera

en la rueda de bocas, camino arriba,

siempre,

como siendo y no siendo,

en la hilera de lanas

cuando atrás quedan

los pocos parentescos

y uno la llama

nuestra.

 

 

 

 

 

 

 

§

 

 

 

 

SUPERPOSICIONES

 

 

 

 

Desde que vio ese malecón

supo cuántas leguas de agua

le faltaban de mar.

 

Una bufanda suave,

vellón azulado

contra el cielo plomizo.

Esa era ella, en el malecón

del barrio Miraflores.

 

Manos abiertas, confundidas

de puro acontecer

y ciegas de distancia

queriendo compartir el pan

con las gaviotas,

que esos vuelos atentos

a su sangre rasgaran la muralla

y fueran hasta él.

 

Y entonces, ceremonia,

la única faltante, la a medias

voz, la secreta inconsciencia

de imposible reemplazo.

 

 

Apretada contra los tilos

de su pecho,

ardiendo de humedad,

abastecidos de farolas,

de flores, de mentiras,

bajaron a la playa,

una playa estrecha de rodantes

piedras sin atisbos de paseantes,

como dos niños desahuciados.

 

Por entre la coladera de la tarde

—sol de hilachas, vencido

por el acelerado aterrizaje

de una lluvia de pájaros

en picada,

arrendaron una parcela

de chaquetas con los brazos

abiertos y se crucificaron.

 

No eres tú el que ha engarzado

una a una las letras de mi nombre,

le dijo,

algo me sabe a sal, a vertedero

y por eso me aferro y no quiero mirarte

bajo la fina lluvia que producen

los choques. Me derrubias,

me enfermas y podrías llamarte

Juan o Miguel que sólo me quedaría

con tus ojos, con la menta

recién cortada de tus ojos,

con ese socavón de cristales

que me resultan familiares

porque me llevan lejos.

 

Tú tampoco, es el reflujo

de nacernos un par que se debate

por circular en las arenas,

es el sendero donde no te hallas

y hacia donde me alzo el que me vierte

en ti. Sólo fuego cruzado,

bengalas que lanzamos más allá

de nuestros propios ganados continentes.

 

Fue entonces que se supieron

deshechos, quebrados,

anhelantes de otra figuración.

Él, buscando en el cuarto de su boca

la lengua muerta de María.

Ella, buscando en la eterna escarpadura

del mar, perdido a sus espaldas,

la viva naturaleza de los bosques

lejanos,

            su mirada.

 

 

 

 

 

 


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