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El Embarcadero


Patricia L. Boero   

LA LECCIÓN DE ANATOMÍA

 

Rembrandt - La lección de anatomía del Doctor Nicolaes Tulp

 

I. VIVISECCIONES

 

 

 

Harán una incisión de punta a punta

sobre el cadáver yerto

en la mesa de las intervenciones:

 

Cristo se ha muerto después de un Calvario

de puntuales razones que avalan la teoría

de que las carencias que enumeraremos

son fatales para la supervivencia de los dioses:

 

el frío y el temor, la agonía perpetua,

el cansancio, la nada

 

— dirán los catedráticos

y notarios que a todo memorando

ensartan con su pluma filosa,

aves de torva cara, oscuros escribientes—

 

mas no de amor, señores, que es cosa

de los hombres y algo que jamás afectaría

a ningún componente de la perfecta trinidad,

Dios nos libre y nos guarde.

 

Después tratarán de darle palabras

al cadáver, haciéndole decir:

 

He muerto por vosotros,

por el salvataje encomendado por mi padre.

 

Yo no quería— esto va susurrado

mientras el escalpelo hace lo suyo—

el fin de los odres de vino prematuro

ni dejar de acostarme con María,

la que con lágrimas me lavó de la muerte,

yo no quería la misión del salvaje deseo

de mi Padre altísimo.

 

Conocí en Siquem, un pozo de agua

donde una enemiga de mi pueblo

me dio de beber y donde el verde,

un día, me pintó la mirada,

el carozo amargo de la aceituna,

el desierto sembrado de dudas.

 

¿Cómo harán que yo diga que fui

un avezado profeta que pensaba en mañana,

en llenar sacristías, estampas, devocionarios

marchitos por el llanto?.

 

A esta altura, la incisión le llegará a la boca

pues habrá que hacer callar al maldito,

ahogarle las palabras en su propia materia

desbordante.

Y secarán la sangre, con rapidez de lavandera

para que no se note.

 

No sea que Dios, se nos transforme en hombre

y haya que comenzar a derrumbar

las catedrales.

 

 

 

 

 

  

II. La conspiración de los insomnes 

 

 

 

Hemos comenzado a derrumbar las catedrales

 

—anunciaron los magistrados de la letra.

 

Nos tornaremos graves de toda gravedad,

amigos, bestias

de nuestro propio pesebre consagrado,

se escurrirán los hilos de saliva

hasta mojar nuestra levita negra.

 

Nuestros goces son así,

desmesurados, cuando se trata

de acabar con algo.

 

Hemos comenzado a destruir las catedrales

con un amor apenas esbozado

por lo que vendrá a suplir estos signos caídos

del pedestal hace ya dos milenios,

por otros menos cargados de tragedia cristiana.

 

Nos molesta la cristalería, la fachada,

el coro superior, la nave de los locos.

Nos espantan los pesados terciopelos

el sagrario de plata, los códices miniados

la Palabra escabullida de la Biblia

—horror, sin haber sido interpretada

según las directivas de la Iglesia—

Esa Palabra que rebota y vuelve

y nos trae por las noches nuestro espanto,

el íncubo y el súcubo que pesa

en nuestro pecho,

la pedrería donde se acoplan los silencios

con el ardor de la escritura.

 

 

Por el bien del santo patrimonio

de nuestras limpias letras: oíd,

esto es retórica, estilística,

puntuación desmesurada,

punto de esmirna, panal de las abejas,

esto es metáfora, sinécdoque,

esto otro es el río amurallado

en el cáliz que no nos interesa

y lo de más allá la hostia que manducan

los desesperados creyentes

de inconsecuente fe

y muchos homicidios inconfesos.

 

Por allí encontraréis las opiniones desbordadas

de un idiota que desechó los santos sacramentos

y más lejos la podredumbre de una soga

alrededor de un libro apolillado

y por el otro lado la imagen de una virgen negra

de clara procedencia pagana

—al final os las tendréis que ver

con la figura del mismísimo hijo

del Altísimo Señor del Universo—

y esta es la maza para hacer el trabajo

consagrado a erigirnos en probos

destructores de la santa catedral

de las palabras demasiado entregadas.

 

Retirad esas velas, señores, que

aqui no velaremos el cadáver

de la Literatura.

 

Más bien, con cada fisura que le

hagamos al cuerpo consistente

de este templo, iremos bordando

el territorio para aquellos que vengan

a hincarse ante la nada que les regalaremos.

 

Qué trizas ni qué trizas

sólo estamos acelerando la caída

de lo que al fin se morirá de viejo.

¿A título de qué tantos lamentos?

Es nuestra fiesta.

 

El modo que encontramos

para dormir en paz con los ojos abiertos.

 

Celebremos.

 

 

 

 

 

 

Borromini - S. Ivo della Sapienza

 

 

 

 

 

 

III. Tour de Saint Jacques

 

 

 

Debajo del espanto acurrucado

los escombros

mienten una antigua construcción.

 

Lo hicimos solos—gritaron.

 

La suficiencia hizo el trabajo sucio:

un desolado ejército de locos

imprudentes por pura vocación

de arrasamiento

y el orgullo esa serpiente eterna

que nutrió esas infancias

donde el juego les estaba prohibido.

 

Debajo de la piedra hay sólo piedra

—declararon.

 

Ignoraban que la piedra

guarda en sus antesalas el preanuncio

de toda habitación futura.

 

Debajo del escombro hay sólo escombros—

 

Desconocían que la ruina engendra

un cántaro de boca generosa,

un agua viva

como todo lo que el final

consume para alcanzar el alba

que no cesa.

 

 

Estamos satisfechos, reyes de un pueblo

pobre, merecida jactancia nos arropa

ardemos de impaciencia por deshacernos

de la Gran Catedral pues estas fueron

meras aproximaciones necesarias

para encumbrar un poco nuestro oficio

maldito.

 

En consecuencia,

veréis caer a la Madre de todos los Templos

construidos.

 

No falta mucho tiempo

para que os veamos liberados

de las cadenas de plata que os mantienen

unidos a los sueños y a los cielos

pues ella, la Mujer, os ha enredado

en discursos vanamente adornados,

en incienso y en ceremonias necias,

tan maldita sea Ella como Él, aquel

que hemos matado en la Academia

para que no pronunciara las letras

que lo nombran.

 

La Dama no os responde.

¿Lo habéis visto? Su mudez la delata:

sin argumentos es puro arrobo y nada

de razones. Un ser ineficaz,

de cabellos al viento para nada.

 

¿La veis, callada sobre el umbral del

mundo, señalando hacia afuera?

Os mira con sus ojos, bebederos de

la noche clara.

 

También la intervendremos

como a Él, ese confeso testigo de los pozos.

 

 

Pasamos por un pueblo donde todos

cerraron sus puertas cuando oyeron

el trueno que traía nuestra mano.

Sin embargo —siempre hay alguien que

traiciona el secreto—un ciego nos contó

que se decía que había vuelto su alma

a rondar los espacios, los olivos, los

montes, las mesas de taberna,

la casa de María y sus ungüentos.

 

Retoñan siempre estas especies

perversas, como obstinadas plantas

y no damos abasto.

Pero ya llegará el deshacernos de estos

dos que inquietan nuestras noches

de inmaculada limpieza necesaria.

 

Primero,

el edificio mayor, sus arbotantes

sus gárgolas, sus vertederos de agua,

y el testero donde se apoya el órgano de

tubos. Pues también la música espanta

nuestro oído, ese cruel pasadizo entre

árboles de oro que no tolera nuestro

fuerte carácter de lógica perfecta.

 

Nada de sentimientos, señores,

ya lo saben, nada de andar llorando

por la desaparición de vuestros arquitectos.

Nada de andar mirando estrellas en el cielo

ni cometas que indiquen fin del mundo.

 

Enjugad vuestras lágrimas de infantil desamparo

y alegraos.

 

Somos los venideros.


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