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El Embarcadero


Patricia L. Boero   

INTERSTICIOS

(En curso)

 
 

 

 

 

 

Duermevela

 

 

Esta hora se vierte, como yo, a campo traviesa. Luces en la avenida. Traqueteo de carros. La boca es un portal propicio. Ven, abreva noche en mí, densa de plenitud; ábrete paso entre la cerril cristalería.

 

Vibrante silencio del dogal que guarda en sus torsiones el relincho de un potro de mirar ladeado. Caballo manso herrado con la suerte de siete clavos. Nada podía parecérsele. Recuerdo su nombre: 'Moro', montada sobre el lomo de un sueño. Tal lentitud, como ahora, definía el camino. No era una fuga planear sobre el aire, entre la hojarasca. Empedrado de cereales donde, perpetuamente, fija su mirada de cuatro estaciones.

 

En la terraza de la casa vecina, donde los niños corren por las tardes, una mujer ha tendido una sábana blanca. El olvido agita esa bandera, la enrosca a contraviento. Galope tendido. Es curioso el modo como retorna la señal húmeda de la hierba a la pequeñez del cuarto. Memoria del espacio atravesado, hebras de luz como cabellos que se esparcen.

 

Amaina la corriente. El caballo dormido mansamente se guarda en el corral de mis ojos.

 

 

 

 

 

 

Agrimensura

 

 

Doce estaciones descendentes desde el palomar hasta la acera. Desemejanzas y puertas que se cierran de golpe. Siete metros de convivencia entre el libro y la campana, treinta y cuatro baldosas. Hilo de equilibrista desde un misterio a otro. Biblioteca - Balcón. Nueve pasos entre la Ópera San Ignacio y el botellón de leche. Centímetro a centímetro hasta alcanzar mi estatura, la extensión de la cama a dos cuartas de la mesa de trabajo. Papeles que, unidos, darían cinco vueltas de transcontinental partitura. Ninguna distancia entre piedras moteadas. Esta es mi casa. Abierta por los cuatro costados. Este es su eje, manos que se tienden hacia la piedra imán sin residencia conocida. Don del letargo azul de la montaña, corazón de mi morada.

 

 

 

 

 

Letanía

 

 

Rezar un nombre. Remarlo con la barca del cuerpo. Desamarrarlo. Tierra donde pulsar riberas, destejer juncos. Entrar con él lentamente en el sueño. Más allá del dominio de los fuegos.

 

Mirar atrás: toda nave será ritual de brasa. Toda mirada consumación de viaje. La vigilia del que suma a la catástrofe del día el azar de una estrella. Mirar dentro: las ascuas iniciales. Dar a luz la lámpara y su hueco temblor de insecto sorprendido entre el pulso y el desfallecimiento. La natural dispersión de la ceniza sobre una mesa tendida. Es la memoria que recala en los ojos y la lengua con su límite de pudor enarbolado. Las tejedoras del nombre fecundan niebla y engendran cristales. La hora nos rasga los ojos con un resplandor de naranjas. El cuello del animal de blando paso se alarga, dispuesto al pedernal. Celebración que corta amarras hundiendo un relincho en el fondo de la marejada: caballo marino.

 

 

 

 

 

Sujetada al decir

 

 

Pasa alguien. Entroncado a su más alto gesto de avalancha me observa con detenimiento. Génesis de una frenada brusca. Le atrae este texto en superficie, legible para cualquiera. Sin embargo no es él. Abolidos los ojos la nuca hace su trabajo. Desde allí parten los reconocimientos que no se moderan. Pero sigue observando, desde la periferia.

 

Si vinieras por esa calle, que da con su frente al sol y sus pies a la sombra, no serías el semejante del rostro que me mira.

 

Sus ojos se dispersan ahora como el dibujo de la fricción de las ruedas sobre el asfalto rojo. Sólo ve el engañoso sudario de mi suerte. Tres signos, ocho letras, lejos del centro del alma de la noche. No lo reconozco. Y es que no suma los quebrados. Demasiado posible: no se hunde hasta donde podría. Tampoco remonta. El reloj da sobre una hora exacta. Es tarde. Ya se ha enlazado nuevamente el tiempo. Me ha perdido. Es el lector de las certezas, el que no se demora, el que jamás tropieza. Es alguien que no toma la espina del corazón y borda con ella un monograma en la tapicería de mi pecho. Nunca podré ser abismo para este paseante. Ni vecindad. Ni brisa. Toda hondonada ama la libertad del viento. Un riesgo donde las alas se atan a la espalda con la cinta blanca de la muerte.

 

Pero hay un momento en que sólo los ciegos vislumbran lo inasible.

 

El relámpago de la calle ha quebrado todas las transparencias a un solo golpe de martillo. Me he vuelto, creyendo ver, más allá, en ese pasadizo entre la furia urbana y el crecimiento de la flor en los intersticios de un muro, pendiendo del alféizar de una ventana, algo.

 

 

Cada tanto, entre tantos, el advenimiento, en el recodo de la calle, a una altura capaz de ser comprendida. Al ras de mi boca. Acurrucado. La esfera que dispersa la niebla al ovillarse. La talla de unos huecos que cobijan estrellas. Su ansia por mirar el otro lado. Imposible que se abre tras el abecedario, única llave del peligro extremo.

 

El riesgo es una celebración cuando se es huésped del sosiego.

 

Paso, como tanteando. A la firme circulación se contrapone una tambaleante forma de acceder a lo que late. Por eso, la sorpresa, cada vez. No siempre se tropieza de igual modo. A veces se venera no haber hecho pie. Hay mesas que se llenan de trofeos. En esta, he hallado inscripciones que, según su profundidad, ilustran hasta dónde ha sido atravesada. La espada que nunca dejará de abrazar la madera: ligadura sin reverso del metal y del árbol en la mitad de un nombre.

 

Nazco de esta escisión que une.

 

 

Me han dicho: te morirás de sed. Es el único modo de acabar con la sed esta forma de encuentro que no se bebe el agua a grandes sorbos...

 

 

...a veces sueño con el desierto. Y soy el oasis trabajado por la letra, una verde jauría incontinente de colmillos limados. Una garganta para el aullido que, sin embargo, no se regocija en el grito. Coraza de plumones ganados al cielo, estrategia de rendición, misterio: suavidad de un vientre que golpea como un remo contra el agua. Otra corriente.

 

Peregrinar es un rito de apátridas.

 

 

He llegado a muchos sitios que no me tienen. Aquí, sin embargo, es la casa: impropiedad que no reclama transformarse en el objeto que puede perderse. El mismo derecho que tiene una mano a cobijarse en la superficie reflejada de la otra. El del ojo a saberse ligado al alumbramiento de un rostro.

 

La casa tiene un umbral donde tu nombre fue tallado.

 

 

Me han citado muchas veces. Y he acudido. Para comprender la distancia entre cita y llamado. Anhelo esta última voz sin ubicaciones que tira y tira hacia una humedad presentida. Esta sed que se duerme entre mareas y reacomoda el limo en el lecho de los mares.

 

Parcela por la que en silencio anda la noche de la mano del alba. Tierra por momentos anegadiza, donde la lumbre responde, con su temblor, al vaivén de una puerta, a la llegada.

 

Pensaban. Que iba a caer del todo. Por fragilidad de estructura. Y he caído. Como la semilla del pino silvestre, para sembrarme en el suelo que amo.

 

Hundirse es a veces un recurso de vuelo.

 

 

 

 

 

Mínimo

 

 

Sólo el espacio reverencial. Su rasgo.

 

El pliegue del instante sobre sí . Reanudación de ofrenda.

 

Y en la palma del mundo liturgia de entrelínea. Refugio para el curso de los astros.

 

Puro idéntico lazo. Mínimas espesuras.

 

Desnudo corazón. Humanos dioses.

 

 

Irás hacia donde te lleve la campana.

 

 

 

 

 

La eternidad y un día

 

 

Brincábamos sobre la neblina, el niño y yo. Por sobre los armamentos, las metrallas.

 

Soy el despojo de mi propio país, la cuna frágil, el rojo paraguas doblegado por la saliva del odio.

 

La historia nos deshilacha un borde de costuras mal acontecidas. La memoria nos subasta por tres canicas de vidrio. Pero aquí, donde el niño se para y extiende sus brazos hacia el cántaro de acuario con feroz inocencia, aquí, cayó mi padre, el rostro desdibujado de mi padre y el carcaj silencioso de un lanzador de sueños.

 

 

 

 

 

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