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El Embarcadero


Antonio R. Mengs   

TIERRA DE CAMPOS

 

 

 

AGUA DE MAYO

 

 

 

La palabra es más completa cuando ama;

el aliento está vivo, llena

de pájaros los núcleos especulativos

y se confía a su partir y regresar;

está bien que las nubes ahora empañen la luna,

y su luz no se extinga; escorpio

ya no lucha contra el sol, sino que

ambos se observan para el otro y así se fortalecen;

la palabra hace inventario más exacto

cuando ama; dispone de todo

para dar, en cualquier sitio se desnuda;

la palabra es la flor deslenguada de la tierra;

los campos la aguardaban como agua de mayo

 

 

 

 

 

 

MEDINA DEL CAMPO

 

 

 

Me sueltan en la plaza de los olmos calzados,

tijeras, peines, pendientes de platería por los suelos;

viejos boinados en las sombras y al sol,

paseando el terrazo, sílfides con lentes parasoles;

la gran campana da campanadas dobles

al aire bajo la doble cruz: qué desguarnecimiento

de arácnidos alambres, el del carillón viejo

de la Colegiata; dos corderos debajo, frente a frente

atentos a cencerros inaudibles dispersan la atención;

(¿seré convocado a ese silencio?);

                                                            la poesía

tiene su lugar en la sociedad, como atestigua

la medina al permitir este banco entre los bancos:

amplio, resistente, curtido por esas lluvias ralas

a las que raramente asisten en tierra de campos,

desde el cual observar

 

 

 

 

 

 

CLAMOR

 

 

 

Viejas campanas arrojan

palomas que remontan, y revientan destejidas

el nítido celeste de la calle peatonal

en tanto las cigüeñas, hieráticas e impávidas

celebran su altísima

silueta de fanfarria final en sol y sombra;

las doce, mediodía

 

 

 

 

 

 

LIEBRE X

 

 

 

                                                                                               

Un torreón de nube se alza solitario en el cielo;

viene el eco de un motor al otro lado, sin ser visto

salta la loma y la sobrepasa;

 

                                                   en la zanja

el vientre abierto de los cardos

machacados esparce un río de plumón amarillo;

 

                                                                               tierra

negra, desmenuzada; tierras segadas;

restos de espigas; ruidos mínimos, presencias

escondidas;

 

                      extraño mar, al atardecer

el campo asciende en la conciencia igual a guiños

de luces fugaces, reza atmósferas diluidas

al instante, remansa en párpados humildes;

 

la liebre ríe y teme vida zigzagueando

y en su designio escapa al horizonte

 

 

 

 

 

 

INSTANTÁNEAS DE UN CAMINO

 

 

  

 

El zumbido insensato de la reunión de moscas

antes de llegar al puente, sobre el montón

de bosta recalentada;

                                       acodado un instante

en el pretil del puente,

cómo atrae hirvientes confines

y salva accidentales juncos

                                                 y rebaja

el cauce seco

pretensiones a la vista

—las mariposas vuelan descalzas—;

camino adentro más allá,

hacia los maizales donde se oculta el zorro

y juegan los aspersores al insecto,

riendo

             miríadas de gotas arcoiris;

y cuando se esperaba

ver la torre, dar la vuelta,

ese charco sin uso al que nada se asoma,

como un escrito póstumo, apartado de todo;

 

fundirse lentamente, conocerse en su barro,

reclinarse al fin de los sentidos.

 

 

 

 

 

 


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