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El Embarcadero


Antonio R. Mengs   

ELEGÍA

 

 

 

 

EL CEMENTERIO DE ÁRBOLES

(Requiem)

 

 

 

                                      En memoria de M.M.

 

   

Estos versos

hagan de mortaja.

                                 Surgen lentos

de un pasado en blanco

 

recuerdo apenas

aquí                         allá

       por todos lados

la madera.

 

                    Ni un sólo gemido,

ya ni un sólo lamento:

súplicas, airadas, como ausentes.

No voy a convocarlas

—nadie puede—;

                                la memoria

figura y ámbito

                            evocaría

sin solución de continuidad

falsas cruces mordidas

gritos desahuciados.

 

Todo era inexplicable

junto al río,

en el cementerio de árboles.

 

Visibles las huellas,

por allí pasaron,

la garza, el perro, el jabalí;

                                                 la nieve

es el lecho y el contorno

de todo lo del bosque: la hoja, la piedra,

la adorable espiga, el charco helado,

el reborde de una acequia, la portilla

tumbada,

                   y el alambre,

                                            y la huída.

 

Sin descanso

                        entre camino y agua

yacía

           el amontonamiento de leña.

 

Yacía igual de muerta

la mano salvaje. Igual

la muerte;

                    mis ojos en blanco.

 

Un tronco sugería el arrepentimiento,

otro el accidente; la trampa

unas ramas, y la caída

desde lo alto;

                         con  horror

embellecían cristales de escarcha

los anillos del tocón

y líquenes y musgos, insensibles

prosperaban.

 

                         Ni el aire

andaba por allí.

Y  las bayas del escaramujo

arrebolaban su ventura en vano,

única sangre

sobre la nieve.

 

Como una oración

se rezaba ante mis ojos

y por detrás de mis ojos,

como una pátina de niebla

menos que hálito

se rezaba

                   y se reza,

como un soliloquio de nieve.

 

Lo tan poco que dice

y aquello que no

dice más

le sirva de mortaja,

éste único deseo.

 

Y si alguna humanidad

queda en silencio,

llégueles, ahora final,

descanso eterno.

 

 

 

 

 

 

 A UN AMIGO DE INFANCIA

 

                      En memoria de J.O.

 

 

Un golpe de muerte.

 

Nada que ver que sea otoño,

la caída de las hojas.

 

Ahora era un extraño,

imperceptible

                       paso al ocre.

 

Forzado a recordar —

sonrisa velada, ojos verdes

contra los que rompen marejadas

de vida, cuando crecíamos.

 

Juegos, seguramente

y es un temblor.

 

Conversaciones sobre hockey

(allí el esplendor sobre la hierba)

y silencios cuando ella pasaba,

porque de ella

evitábamos hablar

 

        (volvía radiante del Infierno).

 

Poco más.

                 Me dicen

que tenía tres hijos.

Y acabo de recordarlo:

se llamaba Jaime.

 

Un golpe de muerte.

No de la suya, que no existe

ya; de la mía, implacable.

 

Nada que ver

el otoño,

la caída de las hojas.

 

 

 

   

 

 

LA MUJER DEL ORGANILLERO

 

 

 

Esa mujer es la silueta apenas

por que su marido vuelve,

último organillero de la villa y corte

ya fallecido.

 

Esa mujer está sucia

como el barrio viejo, vieja

como el barrio, sucio

de historia y de miseria.

 

Su fotografía se encuentra

en la red: es ella misma,

aunque de espaldas. Es a ella

que en días de Rastro reencuentro

 

y doy esas monedas

de que hablaba Pessoa, —escasas.

¿En pago a su música?

Sí. Una música que infunde

 

un respeto

reverencial por las ánimas.

 

 

 

 

 

 


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