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El Embarcadero


Antonio R. Mengs   

EN LA RUEDA

 
 

 

 

EL CRUCE
 
 
Hay un trozo de realidad al salir. Está ahí abajo, donde la luz del vecino sol poniente recorre aún el trecho de calle que le falta y a la vez le va sobrando. Luz de un incipiente tono dorado que se estrella sin falso pudor, casi con alegría, en la parte trasera de una furgoneta rojo vivo, aparcada, diríase parada como un animal a sestear con un guiño. La calle cruza en sombra y desciende larga a la izquierda, mientras por la derecha, justo debajo del balcón, asciende apenas y súbita termina sin que se le vea el final. Aquí, hacia este pequeño trozo concreto de realidad, me inclino sin pretensión alguna y observo.
 
La fachada del edificio de enfrente tiene destrozado el ladrillo, blanquecino, polvoriento y agujereado en algunos sitios. Por ejemplo, sobre la primera puerta que se ve desde el cruce, ese agujero alargado a través del cual no se ve absolutamente nada. Como un arañazo, acaba suave y se entremezcla con el yeso y el ladrillo entre los demás accidentes del muro. Y un poco más a la derecha; ese otro que parece una boca. Como si se tratara de una pared en el fondo hambrienta.
 
Una mujer pasa caminando lentamente por la acera estrecha y gris. Lanza una mirada de reojo al primer contenedor y lo rehuye asustada: sólo hay arena, un buen montón de arena, todo un desesperanzado paisaje de arena. La mirada desciende al pavimento, donde rebota y de ahí a la pared, donde vuelve a rebotar y temerosa va a parar al segundo contenedor, lleno a medias de cascotes y tablas menudas; lentamente se retira entonces y se pierde por la calle, cuesta arriba. Luego vuelve acompañando a la mujer como un perrillo. La mujer atraviesa la primera puerta y empuja la segunda, del portal de la casa: allí deposita la mirada en un interior irreconocible. Nada hay ahí que llevarse consigo.
 
Eso es también un trozo de realidad, de una clase que produce temor e incertidumbre. Pues el que va a buscar no espera encontrarse con millones de gemas de arena sin principio ni fin, en las que hundir la mano sería como perderse y desaparecer. La mano que ya se aproxima se retira, una cierta aprensión se ha adherido a la palma y trepa por los dedos hasta producir una descarga de energía en lo aéreo del gesto. No espera esos túneles que el amontonamiento ha creado en su interior, algunos de los cuales asoman un solo ojo ávido donde se salvaguarda el más absoluto vacío, mil veces más peligrosos que madrigueras habitadas. Ni esa cantidad tan desmesurada sin valor alguno; y ese sin valor tan esencial, no obstante y a la vez tan inútil.
 
Esa mujer que penetra en portal de la casa y abraza la desolada oscuridad al menos familiar.
 
Al rato pasa un hombre con una camiseta deslucida a rayas blancas y azules, pantalones vaqueros, una bolsa al hombro y andar trastabillante. Le siguen tres niñas. La primera lleva un gran globo sucio atado a la muñeca con una cuerda: lo lanza y lo atrae repetidamente, produciendo un ruido frenético la arenilla que guarda en su interior. Las otras dos se acercan al contenedor y cogen sendos puñados de arena que contemplan parsimoniosas y vuelven a soltar, viendo cómo la arena se desliza siseando de sus manos. El grupo pasa y se aleja.
 
Al tiempo que desaparecen, en la calle iluminada que atraviesa esta vía oscura ha hecho su aparición una pareja de sombras muy largas, elásticas, deformes como siluetas negras reflejadas en un espejo trucado. No se conoce su modo de desplazarse, sólo su movimiento incierto y veleidoso, absurda imitación del agua o del aire. Sus flecos lacios, sus lados desguarnecidos, sus indecisos rostros de sombra golpean contra la consciencia. Cierro los ojos y muevo la cabeza.
 
Encima del portal hay una ventana rectangular que abarca varios pisos, de madera y pintada de azul. Esto también es un trozo de realidad, troceado en multitud de cuarterones iguales, todos de madera y pintados de azul, cada uno con un borroso cristal cuadrado en el centro. Alguien debe subir y bajar por detrás suyo, de un piso a otro y de los pisos a la calle.
 
No seré yo esta vez. 

Entro para continuar celebrando el cumpleaños.






CABALLO


Hay un caballo. Un caballo negro. La pata izquierda herida lleva un vendaje. Los ojos del caballo también negros, de un negro profundo. Una pequeña estrella muy brillante se desliza suave en la superficie, como una linterna, iluminando cada rincón del exterior.
 
El que busca no tiene miedo. El mundo se va alumbrando de forma discontinua. El que busca ese mundo no tiene miedo, ni prisa, ni pretende ser coherente: es precavido para ser exacto. La sensación debe ser nítida porque el cuerpo y la mente del caballo viven entregados a ella. Y eso es todo: el instante completo, el tiempo que se le deja al instante para llenarse, para ser.
 
El que busca, el de dentro, es un desconocido. Sólo se sabe que lleva esa linterna que es una estrella, que la mueve despacio y la fija como un pájaro al detener el vuelo en el aire, ese aire negro, y la dirige hacia lejanías. El caballo es su piel; el mundo que registra un trozo de sendero virgen, sendero de luz, virgen de luz
 
La luz le dice al caballo: por aquí. El caballo prosigue, ni dócil ni terco, entregado totalmente. El instante lo envuelve como una toalla grande y tibia después del baño, lo inunda como el primer té al amanecer en un día de invierno. No siente la obediencia, la voluntad le es ajena. Pisa siempre suavidad de fruta o flor, de aguas murmurantes a los pies de exuberantes sueños verdes.
 
El caballo es negro y en su pata izquierda lleva un vendaje. Hace tiempo se le clavó una espina. La herida no cura, ni curará nunca. Porque el dolor acompaña cada uno de sus pasos.
 
Su semejante, su hermano. Su hermano que permanece aún en la oscuridad total, duro, sin tierra, violento: la madre por amor no lo dejó morir.


 
 
EL GUARDIÁN
 
 
 
Me encuentro detenido en el cruce, la única presencia del semáforo a mi lado. Llevo esperando varios minutos sin que el tráfico disminuya ni la luz cambie de color. De pronto se escuchan los frenos de un automóvil . Observo que los coches se han detenido a ambos lados y el paso queda libre. Comienzo a andar.
 
No he sido yo quien ha pulsado el botón solicitando la parada. En un instante comprendo que ha sido el ángel de mi hermano muerto. Consciente de su compañía, la calle abunda en sombra: sombra de una cualidad angélica, respondiendo desde la interioridad. El aspecto de lo que me rodea se hace muy difuso. Llueve sin agua, la caída es sin suelo, marzo agoniza.
 
¿Es que el yo necesitaba un guía? ¿Desde cuándo no podía valerse? ¿Por qué no he sido informado hasta hoy? Las preguntas se enroscan en su propia peripecia como serpientes de aire, vuelan, se elevan. El hecho es sólo uno y evidente: mi hermano no se separa de mí.
 
Únicamente puedo verlo si le miro de reojo. Ha sacado un objeto brillante del bolsillo. Es un reloj de plata. Lo abre: son las trece de un crepúsculo en fuga que permanece horadando misterios desde la eternidad. Le reprocho a mi hermano lo mucho de excesivo que hay en su reloj. Pero él, con una dura mirada de advertencia, me hace callar.
 
Estoy perdido. Comprendo que mis pasos han revocado su antigua presteza y mi cuerpo, es algo que casi se adivina, elabora movimientos inhabituales. Todo parece ahora dirigido (extrañamente, sin angustia). ¿Debería sentirme mal ante tan avasalladora humillación?
 
Mi hermano tiene olvidados los ojos a gran distancia. El horizonte soy yo mismo.

 

 

 

 

 

 

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