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IRIA PUYOSA

 

 MÁSCARAS

 

 

 

 

Amanece. En el pasado quedó el Martes de Carnaval. Mi fastuoso traje luce ajado. Ajado, como el espíritu egoísta de Marcia. Los años vividos cuentan. Pesan. Alteran nuestros sueños. Limitan las posibles elecciones.

 

Es inútil querer volver a ser niño; pero yo robé tiempo, bailando con Marcia, en la clandestinidad, bajo la tenue luz de los faroles.

 

Olvidándome del cansancio en mi cuerpo, olvidándome de mis memorias. No acepté las facturas. Frente a la exigencia de mesura puse como fianza mi breve futuro, no acepté que contratos pasados me impidieran entrar en el juego de la noche. Desbocado, galopó el deseo en mi sangre envejecida, rasgando entretelas que desde hace algún tiempo comenzaron a acumular polvo.

 

En el abrazo, cerré los ojos a las máscaras ajenas, anónimas. Todos bailaban la danza del viejo hombre. Sufriendo el silencio. Y yo me rendí a la voz de Marcia. Ella me dejó, balbuceando en su ausencia.

 

Un Martes de Carnaval, carece de importancia. Ya pasó. Marcia se apaga en mis recuerdos. Citas, reuniones, contratos, facturas.

 

En torno a mí, crece la desesperanza. Nostalgia. Codicia de su cuerpo.

 

 

Ahora lloro. Y muestro a los testigos la expresión afligida de mi rostro blanco.

 

 

*

 

 

Miércoles de Ceniza. Me cobijo entre las sombras oscuras de un callejón. Mi noche no termina. El aletazo del pájaro parece golpear mi nuca; las alas enormes, magníficamente siniestras, ventilan mis pesadillas. Mi mente encuentra similitudes entre las líneas de los adoquines y los bordes del cuerpo libidinoso de Marcia. Soy viejo. Un cadáver abrazándola. Masturbándome en su ausencia.

 

Las máscaras ajenas, grotescas. Todos bailaban la danza del viejo hombre. Callando su ira. Y yo consumí mi hambre de Marcia. Ella se perdió entre reproches desoladores.

 

Retengo la sensación del desamor.

 

La credulidad es risible. Simplemente hay que beber hasta que la botella esté vacía. Consumir cada gota, agotar el sabor.

 

Ahora grito. Y muestro a los testigos la expresión recelosa de mi rostro negro.

 

 

*

 

 

Nuestros cuerpos quedaron extenuados de la fiesta profana, nuestras almas anhelantes de la fiesta sagrada. Fiestas catárticas. Inicio una oración por Marcia.

 

Volví a las calles, alumbradas, bulliciosas, engalanadas. Volví a una cita que nunca hicimos.

 

Di la vuelta. La miré retozando, cruzamos las miradas. Aceptamos jugar. Gestos, guiños. Trazos de malicia, dulce malicia, en su rostro inexperto. Falaz y adorable.

 

Me robó el aburrimiento. Atropellé su indiferencia. Juntos simulamos ser jinetes de utopías. Germinamos. Flameamos. Concebimos.

 

Las máscaras ajenas, lúdicas. Todos bailaban la danza del viejo hombre. Dando tregua a la juerga. Y yo penetré en el cuerpo de Marcia. Ella se despojó de los gestos desconfiados. Siento nostalgia de la felicidad que únicamente nos arropa por instantes.

 

No hago preguntas. Es el tiempo, es la vida. Fueron escasos segundos, ¿acaso voy arrepentirme de haberlo sentido? Cultivo la nostalgia, en el camino a casa, donde habitará su recuerdo.

 

Ahora canto. Y muestro a los testigos la expresión estoica de mi rostro rojo.

 

 

*

 

 

Cierro la vitrina. Hasta el próximo Carnaval, permanecerán guardadas las tres máscaras que cuentan sus tristes historias.

 

Mientras, yo sigo buscando, dentro de mí, el relato final, que aún no se cuenta. Cuándo me olvide de mis años de actor de comedias, Marcia me contará los hechos auténticos.

 

Inesperadamente, escucho la armónica música de la danza del hombre eterno.

 

 

Insensatamente, gozoso, encuentro la verdad de mí mismo en su vientre.

 

 

 

 

 

 

     
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