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IRIA PUYOSA

 

 PELLEJO PLÁSTICO

 

 

 

 

Apagaron las luces de la tienda. Me han dejado desnuda y descompuesta. Aún así podré mirar a los transeúntes, protegida por su indiferencia. Igual a todas las otras noches, los veo pasar distraídos. Esporádicamente, siento una mirada lasciva sobre mi desnudez.

 

Lo más triste es que la lujuria nunca hará transpirar mi cuerpo.

 

Sigo inmóvil en mi vitrina, con los ojos fijos en mis angustias. Sólo la noche aduladora me acaricia fielmente con su lengua de amante. En la madrugada, los borrachos me miran con atención: en su conciencia, lúcida por el delirio alcohólico, se llevan mi alma y doblan con ella en la próxima esquina; aquí, quedan despojados de espíritu mis labios entreabiertos para el beso.

 

Pasan frente a la vitrina las parejas sin lecho, los homosexuales de divertidos colores en los cabellos empegostados con gel, los indigentes cargados de resentimiento que venden como chatarra. A mi lado, se recuestan los niños de los adoquines, plomo y alquitrán en la sangre, basura en las suelas de los zapatos.

 

Ya la policía nos dejó en paz, cada cual puede disponer de la oscuridad para extraviar su moral.

 

Rápidamente, cruzan las ratas, detrás de los materos, escondiéndose de la luz; quisiera no verlas, pero mi mirada se queda pegada a sus lomos erizados de pelos parduscos.

 

Es mejor mirar las ratas del bulevar que mirar hacia adentro donde se esconden las historias que no quiero contar. Esas desdichadas anécdotas que han dejado sus huellas en las comarcas más escondidas de mi pellejo plástico.

 

Una luminosidad violeta vendrá a quebrar la noche. Al paso de los primeros trabajadores que despejen sueños en la frigidez de la madrugada, desaparecerán los rastros de mi anodina biografía de voyeur. Tal vez en la mañana, me vestirán de blanco para un matrimonio solitario.

 

Mi alma se quedará anclada en la noche, se quedará fondeando en la mirada de algún transeúnte un poco más sensible que la caterva, se quedará engrillada a sus pasos miedosos. Sin embargo, no puedo impedir al violeta levantino tonarse claridad diurna. Vendrán nuevos vestidos. Y las miradas profanas.

 

Sería distinto si mañana no despertara la ciudad; exhibiría mi cuerpo, perpetuamente torcido, frente a la noche a cada instante más llena de soledad. Esperaría, durante años, a alguien. No soportaría otra desfloración.

 

La perennidad de esta noche rompería las reglas de la vitrina, desmantelaría el decorado. Sería lo más justo: suprimir a quienes no quieren saber de mis itinerarios nocturnos, a quienes no quieren robarse mis miedos, a quienes no quieren llevarse la compañía de la locura y la tristeza.

 

Aunque, quizás mañana tampoco yo creeré que los he visto pasar en la oscuridad. A ellos y a sus aullidos. El sol y el aire acondicionado me harán olvidar estas mentes perdidas, residentes de las ciudades horribles del sur.

 

No obstante, me gusta soñar con noches seguras en avenidas vacías. Noches interminables sin nadie que exhiba una chequera para pagar por sacarme de la vitrina. Soñar otra vida anónima entre las calles, soñar con los ojos bien abiertos comiéndose la vigilia. Sé que debo fingir que tengo fe: si rezo no volverán las mañanas de los vestidos, nunca se marchitará mi pellejo plástico.

 

 

 

 

Maniquí - (c) Eva Lewitus

 

 

 

 

 

 

     
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