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ROLY CANTEROS

 

POEMAS

 

 

 

 

TERRA, MARE, ADDENDUM


Yo vi llegar el alma del suspiro.
Vi la marea y perdí el sentido.
Me asomé a las cascadas
de risas traicioneras,
y acurrucado en anaqueles
me dormí la vida.

Yo vi llegar los cuatro galopando.
No los creí. (Recordé estar soñando)
Más las doncellas danzaban
afilando la tarde,
y aquello tan temido
se hizo dueño de mis ansias.

Volé envuelto en la brisa
hacia horizontes fugitivos.
Volé con la bandada de pájaros insomnes,
y vagué entre las piedras de un patio florecido.

Sumido en avatares,
hambriento de misterios,
acongojado a veces,
feliz en otros tiempos,
pletórico de juegos,
de aventuras aladas,
o deprimido en ruinas
de lejanos pasados.

Era yo y a mi lado,
caminaba en silencio.
A veces me miraba,
otras, me ignoraba,
desplegado de mi,
y a la vez asumido,
vagaba por los mundos
iguales del sentido.

Yo fui (al mismo tiempo)
la piedra y el papel,
y también la tijera.
Me gané y me perdí,
me di y me tomé,
me reí y me lloré,
me amé y me aborrecí,
me estudié y a la vez,
me fui desconociendo,
tan cerca y tan distante
como el beso imposible
del cielo que se estira
sobre la mar lejana.

 

 

 

*

 

 

 

HUECOS

 

 
Huecos.
Por aquí y por allá.
Las madrigueras se decantan
con el sabor alado de las madreselvas.
 
Huecos.
Monigotes de miga de pan
y de hoteles y naufragios.
 
Huecos.
Entre el silencio y los azotes.
Huecos.
Sólo huecos.
 

 

 

 

*

 

 

 

ATRAVESAR ATARDECERES 
 
 
Allí. Un poco más lejos,
los horizontes afilan sus garras de misterio.
Quiero cabalgar descontando distancias,
despertar los ecos de paisajes yermos,
atravesar atardeceres y descubrirme el alma.
 
Allá. Un poco más lejos
de donde surgen los lamentos,
debe haber una fuente que alivie los caminos.
Una bandada de alientos apurando los pasos,
un enjambre de nubes esperando
al viajero intrépido que sueña.
 
Allí. Donde se apagan los recuerdos
yo debo atravesar los rayos muertos.
Debo destruir las sombras que se ocultan
y encender los fuegos que hacen falta.
 
Cabalgarme los vientos.
Atravesar los horizontes fugitivos,
encontrar la sal y el pan,
encontrar el agua y el vino de los sueños.
 
Cabalgarme quimeras.
Emborracharme de canciones soñolientas,
beberme de rocíos los paisajes,
acaudalarme de visiones los bolsillos
y desnudarme en los arroyos de la sangre.
 
Yo se que desvarío.
Que los atardeceres son ajenos,
y que el viento galopa sus propios sentimientos.
Pero quiero hacerme la ilusión al menos,
de que éste atardecer no será efímero,
que durará lo que duran los suplicios,
las risas y los llantos.
 
Voy a seguir soñando en lo que sueño.
Ni un átomo de mi se irá sin mi
a otras comarcas.
Aunque se alcen contra mi los alambrados,
y las fronteras me libren cien batallas.
 
Si. Cabalgaré al filo de la tarde.
Siguiendo el hilo anaranjado que se pierde,
y en el recodo más inhóspito del mundo,
derribaré los muros de titanio.
 
Y si es preciso morir, me moriré sin un lamento.
Es preferible morir en el intento,
que quedarme aletargado entre la nada,
bebiendo el trago amargo del destino
y su pesada carga de milenios.
 

 

 

 

*

 

 

 

¿Alguien vio fluir 
la sangre del silencio?
 
 
Hojas de murmullo que flotan
en el cielo de los tiempos.
Manchas de tiza y de carbón
en la pared del templo.
Soledades de gris asolando inquietudes.
Mudas barajas muertas, inciertas y olvidadas
construyendo castillos inexistentes.
¿Alguien vio fluir la sangre del silencio?
¿La herida inconsistente del pájaro en su vuelo?
 
Ecos, sonidos vagos. Tambores apagados.
Monigotes de sal y humo de sahumerios
danzando en la vereda con los lobos.
Los lobos que te aúllan la oreja dolorida,
los cuervos que te pican la lengua desganada.
Las lenguas maliciosas que se arrastran,
de vereda en vereda,
de una cama a otra cama,
de malvón en malvón,
entre tierras y aguas,
entre luces y sombras,
entre risas y lágrimas.
Al verlas: silenciosas.
Al no verlas: burbujeantes de palabras enanas.
 
Ojos del corazón que ve y que no siente,
lágrimas del cocodrilo que sufre por su suerte.
Y un cruel espantapájaros llorando arrepentido
por los niños que cantan su violento destino.
 
¿Alguien vio deshojarse las manos de los viejos?
¿Alguien salió al balcón a beberse los vientos?
¿O todos se quedaron, callados, patitiesos,
cuando los forajidos se robaron los sueños?
 

 

 

 

*

 

 

 

Ella Bailaba

 
Ella bailaba.
Sus pies trazaban sueños en las gastadas tablas.
Y los ojos cerrados, como niños dormidos,
susurraban historias
de cisnes y de hadas.
 
Una flor marmolada entre sus manos blancas,
era una mariposa,
flotando con la danza.
 
Yo la miraba absorto.
Encandilado.
Su cabellera plena. Y su vientre de perlas.
Sus afiladas piernas
y una sonrisa eterna.
 
La música en el aire caía como lluvia,
cada nota una gota
de impalpable rocío,
una imagen celeste
hipnótica y profunda,
como suelen sentirse ciertos amaneceres.
 
Ella bailaba y era
amor que se despierta,
emoción que se agita,
una alegría sorda,
fugaz pero infinita.
 
Me estaba enamorando.
Parado en el umbral de mi absurda mirada.
Sintiendo que su cuerpo
como una tenue nube,
envolvía a mi cuerpo
acariciaba mi alma,
llevándome hasta el éxtasis
de un placer compartido.
 
Pero bailaba sola.
Ajena a las cuestiones
de la vida que afuera, luchaba con si misma.
Ajena a mi presencia,
y a las horas perdidas.
Al mundo que se agita
en dudosas razones.
 
Ella bailaba sola, bailar era su mundo.
Y yo, mortal común,
perplejo espectador,
embebido en la dulce pasión de aquella danza,
tan sólo la miraba...
Con un amor profundo
 

 

 

 

*

 

 

 

Cuarenta barcas amarillas

 
Un sabor de nostalgia sobre la hierba
de los sueños.
 
Tenues rayos de sol jugueteando en los juguetes.
El horizonte se alarga sobre un mundo macilento,
y las calmadas horas se estiran, se acalambran,
se deshacen en tormentosas hojas, y en silencios.
 
Las nubes tiemblan de dolor cuando nos quitan,
el resplandor naranja de un atardecer cansado,
una música incolora desmenuza la calma,
las fuerzas naturales se agitan y galopan,
y el cielo arrepentido, hace un mohín y llora.
 
El mar, el viejo mar, lanza un quejido.
Las olas se encabritan mordisqueando acantilados.
Y un poco más acá, por las calles tapizadas de conchillas,
un repentino temor se mete entre la gente,
que tienen gente amada navegando,
en frágiles barquitas amarillas.
 
Sobre los techos de chapa de las casas
gotas alegres elaboran una tenue melodía.
Ellas vienen primero, antes que la tormenta,
anunciándola con delicada alegoría.
 
Y en el patio que se llenó de gritos,
los chicos juegan con la lluvia estival,
se mojan, corretean,
van y vienen, chapoteando en los charcos,
un rato antes del frío.
 
Mamá está sentada, acostumbrada mira,
hacia la loma de Cabildo que a esta hora
más o menos,
nos trae de regreso a un Papá
que vuelve de la pesca,
un poco más cansado quizás,
que años anteriores.
 
Pero la loma hoy, no trae nada.
Mamá se para, la estudia, está vacía.
Se apretuja el delantal y se persigna,
mientras el vendaval se hace dueño de las cosas,
de las casas, de las almas y las barcas,
y aúlla entre los techos que se agachan
con el miedo impregnado entre las chapas.
 
Gritos cercanos, llamando a los más chicos.
Leche caliente, tostadas y galletas.
Mamá sigue mirando y no ve nada.
Cientos de ojos de otras madres
también están mirando ilusionadas,
a través de otras ventanas empañadas.
 
Y sigue apretujando el delantal sin decir nada.
Por momentos mueve un poco los labios sin palabras.
Está rezando, le pide a Dios cosas que Dios
tal vez hoy no vaya a darle,
y no es que Dios no quiera o no pueda,
es que Dios hoy necesita pescadores,
hombres curtidos, sabedores de redes y de mares.
 
Afuera el viento y la tormenta ríen, se divierten.
El mar, sigue agitado, molesto y enojado.
El mar a veces se apodera de las cosas
que sin permiso a su lomo se treparon.
 
Cuarenta barcas salieron al nacer la madrugada.
De las cuarenta, no todas regresaron.
Cinco quedaron, en el mar, en sus entrañas,
entregadas a la sal y a las sirenas,
acariciadas por corrientes impetuosas,
en un vaivén eterno, acompasado.
 
De la loma, como empujadas por un ruego,
bajan tres sombras lejanas, tambaleantes,
y una de las sombras se separa,
y corre, alza los brazos, lanza besos,
y se acerca a la casa que lo espera.
 
Entonces, sólo entonces,
Mamá despliega un grito que es un nombre,
se saca el delantal, se arregla los cabellos,
abre la puerta, nos abraza y corre.
 
Y sale a recibirlo,
se mezclan en la lluvia,
se funden en un beso interminable,
y nosotros contagiados nos reímos,
nos colgamos de sus piernas, de sus brazos,
y corremos y reímos hasta caer rendidos,
hasta quedar dormidos y felices,
acariciados por esas manos toscas,
quemadas por el sol,
curtidas por la sal y las mareas.

 

 

 

 

 

 

     
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