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YAEL ROSENFELD

 

TANGO

 

 

 

 

(1. Adj. Que se hace o cría en casa o pertenece a ella)
 
Oscar y Roxy                               http://www.geocities.com/oscaryroxy/
Suena como cábala pero viene de algún lugar
incontrolado de su cuerpo. Mientras sintoniza ese par de ojos fundamentales, a unos pocos metros de los suyos, le vuelve la misma frase de siempre. "Nunca me pierdas los ojos. Eso es lo único importante. Dejate llevar por la música". Son dos acciones simultáneas e imperceptibles: ni la mirada desencadena el recuerdo ni viceversa. Suceden juntas, en fracciones de tiempo y espacio paralelos, se acoplan el pasado y el futuro inmediato en el borde exacto del presente. El resto de ella, mientras tanto, sigue con la rutina automática: se acomoda el vestido en una secuencia-tic de pecho primero, breteles, después adelante pero abajo y tironear de los costados al final. Parece indomable cuando no está bailando, este vestido corto-negro-breteles finitos-puro tajo profundo, hay que acomodarlo siempre igual después de cada pieza. Sin embargo empieza la música y se transforma, se reconcilia con las figuras de las piernas largas y hasta parece llevarse bastante bien con las medias de red. Cruje el vestido y toda ella cuando empiezan los compases, y los ojos que no hay que perder se acercan hasta pegarse a los suyos, delante de toda esa otra figura negra impecable acoplada a la suya. Bailan, y no importa si están solos o rodeados del mundo entero, los nervios se esfuman, y ya ni siquiera es importante que suene la música porque la llevan adentro. "Sentila".
 
Desde chiquita se sabe ahí, cuando todavía su enorme pelo negro y lacio no estaba cortado cortito y derecho como el de Mia Wallace. La Catedral era como su casa y sus mejores recuerdos son todos en ese galpón largo, ancho y alto por todos lados, bastante oscuro siempre, rebosante de cosas inútiles en una caótica armonía. Venía con mamá, desde chiquita. Siempre callada y metida en sus cosas, sin molestar. Siempre desapercibida, como si fuese un objeto más de los miles que pueblan el salón. El mismo estatuto que las sillas, las ruedas de triciclo, los calefones desvencijados o el mapamundi que cuelga sobre la barra del bar. Venía con mamá, que era una de esas bailarinas como pocas, de ésas que no sólo se dejan llevar, de ésas que proponen y arremeten en el baile.

 
Oscar y Roxy                               http://www.geocities.com/oscaryroxy/
Ella venía siempre con mamá, porque mamá no tenía dónde dejarla lunes, miércoles y sábado a la tardecita, cuando decidió volver a las clases de tango, en La Catedral, a dos cuadras de su casa. Era tan tranquila, tan buenita que ni molestaba, ni se sentía. Siempre en su mundo, desapercibida entre sus cosas, un par de muñecas y un galpón lleno de juguetes inimaginables. Seguía ahí, siempre ahí, aún cuando mamá ya no iba más a las clases, porque después papá se fue y mamá tuvo que trabajar y la plata de las clases no sobraba, y claro que era más importante pagar la leche y el pan, la comida de todos los días. Pero igual ella siguió yendo al salón, con su par de muñecas y la boca siempre cerrada, y su presencia se volvió rutina para todos los bailarines.
 
Hasta que un día, justo un día de exhibición y con el salón llenándose de gente, Zulma, la pareja de Máximo, la estrella de la noche, llamó para avisar que se había torcido el tobillo y que no iba a poder bailar, ni esa noche ni por algunos meses. En el medio del barullo, las corridas, los gritos y las llamadas por teléfono a reemplazantes imposibles, ella se adelantó despacito y pidió permiso para hablar. Y todos los desesperados, más que asombrados, escucharon las palabras que para muchos eran las primeras que salían de la boca de Malena.
— Si usted quiere yo puedo bailar, señor Máximo
 
Algunos sabían que Malena no era sordomuda, algunos otros, alguna vez, la habían escuchado cuchicheando sola con los juguetes y hasta cantar bajito alguna canción infantil. Pero nadie, absolutamente nadie, sabía que ella sabía bailar el tango. Frente a todas las oposiciones y los murmullos que reiniciaban la búsqueda de una bailarina, la voz imponente de Máximo le arrancó una sonrisa tenue a la boca de la chica:
 
— No perdemos nada con probar.
 
Y ella bailó. Primero ahí, atrás de la barra, delante de los ojos asombrados de los desesperados. Y después en el centro del salón, en el centro del universo. ¡Y cómo bailó! Máximo era alto y bien guapo, y ella tan chiquita y frágil que parecía quebrarse entre sus manos. Tan chiquita que nuevas corridas y murmullos y apurones se habían desatado cuando hubo que buscarle un vestido, los zapatos de taco y las medias de red. Estaba deslumbrante y nerviosa cuando Máximo la tomó con fuerza de la mano y le dijo al oído, por arriba de la música que ya empezaba a sonar:
 
— Nunca me pierdas los ojos. Eso es lo único importante. Dejate llevar por la música. Sentila.

 

 

 

 

 

 

     
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